CABECITA DE MELON
EL CABECITA DE MELON
Para variar, tenía que ir a comprar. Aunque el negocio estaba a escasos pasos de mi casa se me hacia un verdadero fastidio.
- "Trae cualquier cosa para acompañar la carne" - me ordenó mamá.
Una vez dentro del negocio sombrío y la común vendedora tras el mostrador, no había nada más típico, hasta que entró un feito y moreno niño de unos cuatro años y de cabeza casi rapada.
El mesón era alto y extenso. No había nadie más que yo comprando, sin embargo eso no le bastó al inquieto niñito.
- "¿Permiso, señora?" - me dijo chistosamente, con la ilusión de que le cediera mi lugar en el mesón y la atención de la vendedora. La señora me miró y sonrió. Yo le cerré el ojo en son de complicidad.
- "Yo estoy primero que tú, niño. Y el mesón es largo" - le dije. El mocosito abrió sus enormes ojitos oscuros. Me miraba con respeto.
- "Déme un yogurt y cuatro Derby sueltos" - recalcó insistentemente.
Sus pequeñas manos oscuras se apoyaron en el mesón para ayudarse a tener una mejor visualidad. Su pequeño cráneo de melón calameño brillaba con tanta intensidad que me fue imposible evitar pasar una de mis manos por su cabeza suave y nueva.
No podía dejar de mirar cómo ponía tres oscuras chauchas sobre el mostrador.
- "¿Te mandaron a comprar cigarros o yogurt?" - preguntó la vendedora - "No te alcanza para las dos cosas, anda a pedir más plata".
Todos mirábamos los trecientos pesos sobre el mesón.
Yo seguía manoseando al cabecita de melón, era exquisito.
- "Le faltan docientos cincuenta pesos" - dijo la señora, mirándome.
- "No importa, páseselo, yo se lo compro" - le dije.
Parecía ser que el cabecita de melón no entendía nada, sólo le interesaba ver lo que pidió al alcance de sus manos y salir de allí.
La señora le entregó lo que quería y le exigió que me agradeciera tal gesto.
- "¿Qué?" - dijo el cabecita de melón.
- "Nada" - le dije - "Está justo, no hay vuelto".
El niño salió rapidito del negocio y se perdió por la calle.
- "¿Lo conoce?" - me preguntó la vendedora. Moví la cabeza negativamente mientras lo veía perderse - "A los niños hay que enseñarles a dar las gracias por las cosas. La mamá es una ordinaria que lo único que sabe hacer es fumar todo el día. No creo que le enseñe eso al niñito" - terminó por decir la señora, criticonamente.
- Quién sabe qué edad tiene, y no creo que seamos nosotros quienes tengamos que enseñarle eso. Además, soy yo la que le debo por lo que me ha hecho sentir". - concluí.
- "¿Ah sí? ¿Y qué le hizo sentir?" - me preguntó la señora, con aires de copucha.
- "La diferencia entre él y yo: Esa espontaneidad, esa dulzura e inocencia innata que irradia, lo que marca esa notable diferencia; su inocencia, recuerdos, etc. El gusto más grande del mundo" - le dije a la vendedora.
Después de mirarme sin creerme mucho, empezó a sacar la cuanta de lo que yo llevaba.
- "Son novecientos ochenta pesos" - dijo la señora, y salí del negocio con un gran gusto por haber ido a comprar y haber sentido lo que sentí con el cabecita de melón.
Vez que voy allí lo busco en el negocio, pero no lo he vuelto a ver nunca más.